La inflación es uno de esos conceptos económicos que oímos constantemente en los medios de comunicación y que, sin embargo, se comprenden mucho mejor cuando se observa su impacto en la vida diaria. Que llenar el carro de la compra cueste más, que una familia tenga que destinar una parte creciente de sus ingresos a la vivienda o que los ahorros permitan adquirir cada vez menos bienes son manifestaciones muy concretas de un fenómeno que, aunque se expresa mediante porcentajes y estadísticas, repercute directamente sobre el bienestar de los consumidores.
Para entender correctamente este fenómeno conviene diferenciar varios conceptos que suelen aparecer conjuntamente: inflación, Índice de Precios de Consumo (IPC), inflación subyacente y estanflación. No significan lo mismo y conocer sus diferencias permite interpretar mejor las noticias económicas y, sobre todo, tomar decisiones de consumo y financieras más informadas.
¿Qué es realmente la inflación?
El Banco de España define la inflación como el crecimiento general del nivel de precios de consumo de una economía. Cuando ese aumento se mantiene en el tiempo, el dinero pierde capacidad adquisitiva: con la misma cantidad de euros podemos comprar menos bienes y servicios.
Esta última idea es probablemente la forma más sencilla de entender la inflación.
Imaginemos una familia que dispone cada mes de 1.500 euros para afrontar sus gastos. Si los precios aumentasen, de media, un 4 % y sus ingresos permaneciesen exactamente iguales, esa familia no podría mantener indefinidamente el mismo nivel de consumo. Para conservar aproximadamente la misma capacidad adquisitiva, sus ingresos tendrían también que aumentar en una proporción similar.
Pero hay una cuestión importante: que exista una inflación del 3 %, por ejemplo, no quiere decir que todos los productos hayan subido un 3 %. Algunos pueden encarecerse mucho más, otros menos e incluso algunos pueden bajar de precio.
Tampoco significa que todas las familias soporten exactamente la misma inflación.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) advierte precisamente de esta diferencia entre la inflación oficial y lo que podríamos denominar inflación personal. El IPC representa una cesta media del conjunto de la población, mientras que cada hogar tiene hábitos de consumo diferentes. Una persona que dedique una gran parte de sus ingresos a alimentos, electricidad y vivienda puede sufrir un impacto muy distinto al de otra cuyo patrón de gasto sea diferente.
Por eso puede ocurrir que un consumidor escuche que la inflación se ha moderado y piense: “Pues yo no lo noto”. No tiene por qué estar equivocado. Su cesta particular de consumo puede haberse encarecido más que la cesta media utilizada para calcular el indicador oficial.
Además, hay que recordar otra cuestión fundamental: que baje la inflación no significa necesariamente que bajen los precios.
Si la inflación pasa del 6 % al 2 %, los precios, en términos generales, continúan aumentando. Lo que ocurre es que aumentan más lentamente. Para que se produjera una reducción general y continuada del nivel de precios hablaríamos de deflación, un fenómeno diferente y, en cierta forma contrario.
El IPC: el termómetro de los precios
Para conocer cómo evolucionan los precios se utilizan índices estadísticos. En España, el indicador más conocido es el Índice de Precios de Consumo (IPC), elaborado mensualmente por el Instituto Nacional de Estadística.
Puede entenderse como un gran termómetro de la evolución del coste de los bienes y servicios consumidos por los hogares.
Para construirlo se utiliza una cesta representativa del consumo y se observan periódicamente los precios de numerosos productos y servicios. Pero no todos tienen la misma importancia. Cada componente recibe una ponderación en función de su peso dentro del gasto de las familias.
Tiene sentido: una subida importante del precio de un producto al que las familias destinan mucho dinero influye más en el índice que una subida idéntica de otro producto con un peso muy reducido en los presupuestos domésticos.
La alimentación, el transporte, la vivienda, los suministros, el vestido, las comunicaciones, la restauración, el ocio o determinados servicios forman parte de la realidad económica que pretende reflejar este indicador.
El IPC permite comparar cuánto han variado los precios respecto a distintos momentos. En los medios de comunicación aparece especialmente la tasa interanual, que compara el nivel de precios de un mes con el registrado en el mismo mes del año anterior.
Para efectuar comparaciones homogéneas entre los países europeos existe además el Índice Armonizado de Precios de Consumo (IAPC). Se calcula de acuerdo con criterios comunes para los países de la Unión Europea y constituye la referencia que utiliza el Banco Central Europeo para evaluar la evolución de la inflación en la zona euro.
El objetivo del BCE es mantener la inflación en torno al 2 % a medio plazo, nivel que la institución considera compatible con la estabilidad de precios.
El IPC, sin embargo, no debe entenderse como la factura exacta de cada familia. Es una media estadística enormemente útil para conocer la evolución general de los precios, pero no sustituye al análisis del presupuesto particular de cada consumidor.
¿Qué es la inflación subyacente y por qué se habla tanto de ella?
Además de la inflación general existe otro indicador muy presente en el debate económico: la inflación subyacente.
En términos sencillos, pretende mostrarnos qué está ocurriendo con la parte más persistente de la inflación eliminando determinados productos cuyos precios pueden experimentar variaciones muy intensas en poco tiempo.
En España, el indicador de inflación subyacente excluye de la inflación general los productos energéticos y los alimentos no elaborados, dos grupos especialmente expuestos a fuertes oscilaciones. El INE explica que esta exclusión permite observar mejor la tendencia más estructural y persistente de los precios.
Pensemos, por ejemplo, en una subida repentina del petróleo provocada por un conflicto internacional. Esa subida puede trasladarse rápidamente a los carburantes y hacer aumentar considerablemente la inflación general. Si meses después el petróleo vuelve a bajar, el efecto puede desaparecer con bastante rapidez.
Sin embargo, si durante ese tiempo comienzan a aumentar de manera generalizada los precios de restaurantes, seguros, transporte, alquileres, servicios personales, productos industriales y numerosos bienes de consumo, el problema puede ser más persistente.
Ahí está precisamente la utilidad de observar la inflación subyacente.
Desde el punto de vista del consumidor podemos simplificarlo así: la inflación general nos dice cuánto se está encareciendo en conjunto la cesta de consumo; la subyacente ayuda a conocer si las subidas están arraigando de una manera más amplia y persistente en la economía.
Por ello, cuando la inflación general disminuye, pero la subyacente permanece elevada, existe una señal de que parte del aumento de precios se ha extendido a numerosos bienes y servicios y podría tardar más tiempo en desaparecer.
Estanflación: cuando se juntan inflación y estancamiento
Existe además un escenario particularmente problemático: la estanflación.
El término procede de unir las palabras estancamiento e inflación. No existe una única definición matemática universal, pero el Banco Central Europeo la relaciona con una situación en la que coinciden una economía estancada o con muy poco crecimiento y una inflación persistentemente elevada. Históricamente también se ha asociado a un elevado desempleo.
Su ejemplo histórico más conocido se produjo durante la década de 1970, cuando diversas economías experimentaron fuertes tensiones inflacionistas al mismo tiempo que se debilitaba la actividad y aumentaba el desempleo. El Fondo Monetario Internacional recuerda aquel periodo como el momento en que una inflación elevada convivió durante un periodo prolongado con una economía estancada.
Para los consumidores es un escenario especialmente desfavorable.
Con una inflación elevada, disminuye el poder adquisitivo. Con una economía estancada, al mismo tiempo, existe mayor riesgo de desempleo, menor creación de puestos de trabajo, dificultades empresariales y escaso crecimiento de los ingresos.
Por tanto, el hogar puede recibir un doble impacto: todo cuesta más mientras su capacidad para generar ingresos mejora poco o incluso empeora.
Esta situación también plantea importantes dificultades a los responsables de política económica. Si se aplican medidas para estimular mucho la economía puede aumentar la presión sobre los precios; si se endurece excesivamente la política monetaria para reducir la inflación se corre el riesgo de debilitar todavía más la actividad económica.
El consumidor individual no puede resolver un proceso de estanflación, del mismo modo que tampoco puede reducir por sí solo la inflación de todo un país. Son problemas macroeconómicos cuya respuesta corresponde principalmente a la política monetaria, fiscal y económica. Pero sí puede reducir su vulnerabilidad frente a sus consecuencias.
¿Cómo puede defenderse el consumidor frente a la inflación?
La expresión “combatir la inflación” puede resultar engañosa cuando hablamos de una familia. El consumidor no tiene capacidad para controlar el nivel general de precios, pero sí puede combatir sus efectos sobre su propia economía.
No se trata simplemente de consumir menos. Se trata, sobre todo, de consumir mejor, comparar, anticiparse y proteger la capacidad adquisitiva.
- Conocer nuestra propia inflación. El primer paso debería ser revisar el presupuesto familiar. Alimentación, vivienda, electricidad, gas, telecomunicaciones, seguros, transporte, financiación y suscripciones merecen especial atención. Saber cuáles son los cinco o seis gastos que absorben la mayor parte de nuestros ingresos permite concentrar los esfuerzos donde realmente pueden producir ahorro.
- Comparar antes de contratar y también después. El consumidor no debe comparar solamente cuando contrata inicialmente un servicio. Conviene revisar periódicamente electricidad, gas, telefonía, internet, seguros y productos bancarios. La fidelidad automática a una empresa no garantiza disponer del mejor precio.
- Mirar el precio por unidad, no solamente el precio final. En alimentación y productos de consumo cotidiano es especialmente importante consultar el precio por kilo, litro o unidad. Las reducciones del tamaño de los envases pueden hacer que aparentemente el precio apenas cambie mientras aumenta significativamente el coste real del producto.
- Evitar que la inflación nos empuje al crédito fácil. Cuando el presupuesto se estrecha existe la tentación de financiar gastos ordinarios mediante tarjetas revolving, créditos rápidos o pagos aplazados. Cubrir permanentemente alimentación, suministros o gastos cotidianos mediante deuda puede transformar un problema temporal de liquidez en sobreendeudamiento. Antes de financiar una compra deben analizarse la TAE, las comisiones, el coste total y la duración de la deuda.
- Revisar los gastos automáticos. Suscripciones digitales, plataformas audiovisuales, aplicaciones, seguros accesorios, servicios añadidos y pequeñas cuotas periódicas pueden pasar inadvertidos individualmente, pero representar una cantidad importante al cabo del año. La inflación es un buen momento para hacer una auditoría de estos pagos.
- Proteger también el ahorro. La inflación afecta tanto al dinero que gastamos como al que tenemos ahorrado. Si los precios aumentan y el ahorro no obtiene ninguna rentabilidad, o esta no supera a la inflación, su poder adquisitivo disminuye. El consumidor puede comparar cuentas remuneradas, depósitos y otros productos adecuados a su perfil, prestando siempre atención al riesgo, las condiciones, las comisiones y la disponibilidad del dinero. No se trata de asumir riesgos elevados para “ganar a la inflación”, sino de evitar mantener decisiones financieras por pura inercia.
- Mantener un colchón para imprevistos. Esta precaución adquiere todavía más importancia ante el riesgo de estanflación. Una reserva de liquidez permite afrontar una reparación, un recibo inesperado o una pérdida temporal de ingresos sin recurrir inmediatamente a financiación cara.
- Ejercer nuestros derechos como consumidores. Comparar precios y cambiar de proveedor forma parte de la solución, pero también lo hacen reclamar cobros indebidos, identificar cláusulas abusivas, exigir información transparente y denunciar prácticas comerciales desleales. Un consumidor informado tiene mayor capacidad para defender su economía doméstica.
Consumidores informados frente a una economía más cara
La inflación no es únicamente una cifra que publican mensualmente los organismos estadísticos. Tiene efectos sociales muy importantes porque no afecta a todos los hogares de la misma manera.
Las familias que deben destinar prácticamente todos sus ingresos al consumo básico tienen menos capacidad para adaptarse a las subidas. Están más expuestas. Apenas pueden reducir algunos gastos y disponen de menor margen de ahorro. Por eso, una misma tasa de inflación puede tener consecuencias mucho más graves sobre hogares con bajos ingresos que sobre otros con ingresos medios o altos. Esto lo hemos denunciado desde ADICAE en multitud de ocasiones: una misma inflación no afecta por igual a todos los consumidores. Las ayudas que puedan establecerse, deben hacerse primero con aquellos que más las necesitan.
Entender el IPC permite interpretar correctamente cuánto están aumentando los precios en promedio. Observar la inflación subyacente ayuda a determinar hasta qué punto esas subidas se están extendiendo por la economía. Y conocer el significado de la estanflación permite comprender por qué la combinación de precios elevados, bajo crecimiento y deterioro del empleo representa uno de los escenarios más difíciles para las familias.
Pero también es importante evitar soluciones milagrosas. No las hay.
Desde ADICAE sabemos bien que no existen inversiones sin riesgo que garanticen siempre protegerse de la inflación, ni fórmulas capaces de neutralizar completamente una subida generalizada de los precios. La mejor defensa del consumidor sigue siendo una combinación de información, planificación económica, comparación, consumo crítico, prevención del sobreendeudamiento y ejercicio efectivo de sus derechos.
La inflación puede reducir nuestro poder adquisitivo, pero conocer cómo funciona nos permite tomar decisiones mucho más racionales y responsables. Frente al aumento de precios que llevamos experimentando en España desde hace ya bastante tiempo, un consumidor informado no puede controlar la economía, pero sí puede controlar mejor sus contratos, sus gastos, su endeudamiento y una parte importante de las decisiones que determinan su economía cotidiana.
Equipo Técnico ADICAE CASTILLA Y LEÓN


